Teresa: un sueño que me devolvió a la vida

Seguimos con las experiencias vitales de personas que han superado el Covid-19. Teresa y su marido Juan estuvieron hospitalizados y bastante graves. Los dos, afortunadamente, se han recuperado. Hoy nos cuenta Teresa cómo, en medio del dolor, la fatiga y la angustia de su estancia en el hospital, tuvo un sueño que le dio las fuerzas para superar la enfermedad.

Nacer no basta. Es para renacer que hemos nacido. Cada día. 

Pablo Neruda

Nací en Reggio Calabria, una ciudad a orillas del mar en el sur de Italia, que en 1908 fue destruida por tercera vez por un terremoto y el maremoto que vino a continuación. Desde niña he oído contar historias de la devastación que provocó, y a lo largo de la vida me ha acompañado la pesadilla recurrente de un maremoto que amenazaba con destruir la ciudad donde vivía.

Creo que esto puede ayudar a entender lo que voy a contar a continuación…

Dormir en un hospital no es empresa fácil a causa de tu proprio malestar, del malestar de la persona que comparte contigo la habitación y tu propia enfermedad; por los controles, los servicios, las pruebas analíticas que se suceden a un ritmo constante día y noche.

Aun así, el cuerpo te pide dormir casi constantemente para recuperarse de un esfuerzo titánico que no percibes, porqué solo sientes el cansancio y la fatiga que acompaña cada movimiento, cada impulso, cada pensamiento.

En una ocasión, la sensación de mareo no me abandonó en todo el día. Para poder comer y tomar los medicamentos tuvieron que suministrarme dos veces no sé qué medicina. Ese día no recuerdo nada más que un sueño profundo, oscuro, poblado de pesadillas y que cada despertar era como subir un barranco. Supe que también mi marido Juan había tenido pesadillas y aprendí que el virus también podía llegar hasta el subconsciente para infundir miedo.

Pero fue entonces cuando viví la experiencia más potente de toda mi desventura. No fue dolor, no fue miedo. Fue constatar que, hurgando en mi conciencia, ese bicho traicionero chocó con algo mucho más potente que él y, sin lugar a dudas, ¡mucho más potente que yo!

Aquella misma noche dormí profundamente a pesar de las interrupciones durante casi 12 horas y no tuve pesadillas, sino un sueño extraordinario:

Me encontraba con otras personas en una casa grande muy cerca del mar, celebrando algo. Al darme cuenta de que el mar iba engrosando y oscureciéndose, empecé pacientemente y con confianza a preparar la casa para defenderla de un gran oleaje. A medida que iba conociendo la casa, sus puertas, sus ventanas, sus muchos y variados cierres, todo me parecía contarme una historia que venía de antaño, todo parecía frágil y antiguo, pero sorprendentemente eficaz. Aquello me pareció hermoso, porque cada detalle, de la época que fuera, estaba hecho con cuidado; me hablaba de cariño y esmero. Me decía que esa casa, en apariencia frágil y antigua, cumplía dignamente y fielmente su función: proporcionar protección y amparo. Cuando hasta el último cerrojo estuvo echado, la ola que vino del mar era de hielo. Pero yo estaba al amparo en la casa junto con los que estaban a mi cargo.

Hay sueños que al despertar se desvanecen y otros que se quedan grabados para siempre.

Entendí muy claramente que esa casa era yo, todos sus detalles antiguos y hermosos representaban mi historia, tan antigua como la del ser humano, mi código genético, mis recursos para vivir. Frágiles, antiguos, pero efectivos. Y su función era, siempre había sido y sería, defenderme, protegerme, mantenerme en vida. Pero había más que eso. Percibía con claridad como cada uno de esos detalles había sido forjado y colocado en mi ser con especial atención y esmero como expresión de un propósito inequívoco: vivir.

Todo parecía decirme repetidamente: «¡Te quiero viva!» «¡Te he hecho para vivir!» «Te he dado recursos. Son valiosos. ¡Úsalos!».

Mientras tanto, la ola de hielo reafirmaba lo imprevisible que podían ser los daños de la enfermedad, pero no necesariamente para mal.

Era como si el eco de la Palabra que sonó en el principio de la creación llegara hasta mí esa mañana para decirme personalmente:

«Yo soy voluntad de Vida… y tú eres parte de ello: eres mi proyecto de Vida.»

No pude evitar pensar que este proyecto involucra a todos los seres humanos, que Dios estaba en todos, que libra batallas con y para todas sus criaturas.

Ese día era domingo y en mi cabeza empezaron a tocar campanas de alegría. Tocaron como aquel día en que aprendí que en Roma los domingos por la mañana las iglesias tocan las campanas a fiesta, todas a la vez. Me sentía y sigo sintiéndome desde entonces, fuerte y alegre. Mi cuerpo y mi alma estaban preparados. El mal que me afectaba era engañoso y traicionero. Me dije a mí misma: «¡Lo puedo enfrentar! ¡Lo puedo superar!»

«¡Lo puedo enfrentar! ¡Lo puedo superar!»

Ha sido difícil para mí pensar en mi lucha con el coronavirus de una forma individual. En ningún momento he estado enfrentándome a esta desaventura sola. Conmigo ha estado todo el tiempo mi marido Juan, con el que enfermamos prácticamente juntos; los amigos y familiares que enfermaron antes y después; todas las personas que estuvieron pendientes de nuestra salud y que nos acompañaron, alentaron y consolaron en todo momento.

Aun en la distancia, tu mente queda conectada a cada uno de ellos, tu corazón los abarca todos. Contigo hacen el camino, contigo caen y se levantan, contigo luchan y contigo ganan.

A cada uno de ellos, de ellas, dedico agradecida esta experiencia como un regalo.

Teresa Canale

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