Talan el cedro el lunes

Oda a un cedro envejecido

Imagen que contiene cielo, exterior, árbol, conífera

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Cuando llegamos ya estabas aquí. ¿Quién sabe desde cuándo? Te erguías alto y elegante mientras los primeros vecinos llegaban con sus llaves, abriendo la puerta de sus nuevas casas, sus espíritus alegres con esperanza para el futuro.

Durante 21 años parecías alcanzar el cielo con tus ramas, un testigo silencioso de nuestras vidas. Has visto crecer a nuestros hijos – desde el parquecito a los primeros amores, muchos ahora con sus propios niños. Has visto algunos vecinos partir para tierras lejanas, otros que han caído enfermos y después se han muerto. Ya no podían caminar bajo tu sombra, ahora caminan con muletas, ahora están en silla de ruedas. Y finalmente salen tumbados en una camilla para no volver jamás.

Las estaciones llegan y se van, pero tú te quedas siempre igual. O al menos es lo que parecía. Desde la ventana de mi cocina miraba las urracas mientras construían su nido. Volaban de un lado para otro sin cesar, trayendo hojas, palitos y plumas, hasta prepararlo todo para poner los huevos. Después, a penas visibles, los polluelos con los picos abiertos, esperando la comida suculenta que les traían sus padres.

El calor abrasador del verano no te molestaba. Allí estabas, tan alto y verde, tu color profundo un contraste con el cielo de azul brillante. Eras el compañero constante de los niños que jugaban en la arena o chapoteaban en la piscina detrás de ti. Tus raíces se extendían hacia abajo para sacar de la tierra el agua y los nutrientes que necesitabas.

Con el viento y la lluvia del otoño te balanceabas de un lado para otro, tus ramas se alargaban como dedos intentando alcanzar las ventanas; pero cuando el viento deja de soplar, te enderezas y una vez más tus ramas están quietas.

Las noches frías de invierno se alegran con la promesa de la Navidad y las lucecitas blancas de tus ramas inferiores que brillan en la oscuridad.

Y luego, nuevamente, otro año nuevo y las estaciones se suceden una vez más. Pero esta vez algo ha cambiado. Sin casi percibirlo, te has hecho viejo, ya estás encorvado, inclinado. Tus raíces son poco profundas, dicen. Supones un peligro, te podrías caer. Así que, te tienes que ir. Con tristeza esperamos el día no muy lejano cuando algunos extraños vendrán a talar este hermoso amigo que ha sido el testigo silencioso de nuestras vidas durante todos estos años.

Imagen que contiene exterior, edificio, cielo, árbol

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