La promesa del almendro

La Quinta de los Molinos, Madrid

En Madrid siempre hay una espera ansiada en primavera: la floración de los almendros. La Quinta de los Molinos es una finca, antes particular y ahora abierta al público, con una esplanada llena de almendros. Hay que juzgar el momento apropiado para ir a ver estas flores tan delicadas de color rosa y blanca. Si florecen y luego llueve o sopla un viento fuerte, no hay nada que hacer: las flores estarán por el suelo y los árboles desnudos.

Claro, tal expectación tiene otro inconveniente: cuando ya se sabe que están los almendros en flor, el parque se asemeja a la Gran Vía, atestado de gente. Si tienes la posibilidad de visitarlo fuera de horas (y sobre todo entre semana) podrás aprovechar mejor el panorama inigualable ofrecido por estos bonitos árboles.

El almendro, originario de Asia Central, llegó a España hace más de 2.000 años, a través de las rutas comerciales de aquel entonces. Inicialmente se cultivaba principalmente en la costa, pero hoy en día también se encuentra en el interior del país.

El 1 de febrero, en la localidad de Torrente de la Comunidad Valenciana, se celebra la tradicional Entrà de la Flor, festividad que remonta al siglo XVII en la que se entrega la primera rama de almendro en flor a la virgen.

En la Biblia existen numerosas referencias a los almendros. En el libro de Jeremías, capítulo 1, leemos:  

La palabra de Jehová vino a mi, diciendo: ¿Qué ves tú, Jeremías? Y dije: Veo una vara de almendro. Y me dijo Jehová: Bien has visto; porque yo apresuro mi palabra para ponerla por obra.

Hay una similitud en hebreo entre almendro: shaked, y apresurar, shoked. El almendro es uno de los primeros árboles en florecer, contiene la idea de anticipar, de llegar antes de tiempo. Así podemos entender el significado de lo que dice Dios a Jeremías: estoy adelantando lo que he anunciado que voy a hacer por mi palabra y ahora se va a ver en la práctica. Es decir, la promesa se va a hacer realidad.

¡Qué preciosa imagen! Igual que el almendro en flor, la palabra de Dios se hace patente y todos veremos su cumplimiento.

Necesitamos fe para creer en sus promesas, pero la fe no es una vana esperanza de que algo puede ocurrir. Podemos tener la certeza que, si Dios ha dicho que hará algo, lo cumplirá. Su palabra contiene en si misma el cumplimiento. A Abraham le llamamos el Padre de la fe, y salió de su casa sin saber hacia donde iba, creyendo en lo que Dios le había dicho. Obedeció porque creía en la palabra del que le envió:

Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Hebreos 11:8

En este mismo capítulo de la carta a los Hebreos, leemos la definición de la fe:

Es pues, la fe, la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

La Biblia contiene más de 3.000 promesas de parte de Dios, tanto para naciones como para individuos, y Él es fiel para cumplirlas. De hecho, muchas ya se han cumplido. Solo con la venida de Jesucristo, se han cumplido 355 profecías o promesas del Antiguo Testamento. A título personal, he guardado en mi corazón algunas promesas desde hace casi 40 años con la firme convicción de que veré su cumplimiento. A veces hay que esperar, pero el cumplimiento llegará.

A Abraham también se le prometió que iba a ser padre, que sus descendientes iban a ser tan numerosos que las estrellas o como la arena en la orilla del mar. La promesa se cumplió, pero hubo un largo tiempo de espera con muchas peripecias. A pesar de todo lo que parecía estar en su contra, Abraham esperaba contra toda esperanza hasta recibir la promesa de Dios de tener un hijo, Isaac, en su vejez.

Somos muchos los que creemos que Dios ha prometido que va a hacer acto de presencia en España muy pronto. No es que no esté en España, claro que sí, es omnipresente. Pero creemos firmemente que va a haber una ola de su presencia como nunca antes; personas que nunca tuvieron interés en Dios de repente sentirán una urgencia por conocerlo. Habrá un deseo de la verdad, de la paz y todo lo que El promete en su palabra.

Algunos lo llaman avivamiento; otros, reforma. Es el soplo de aires de cambio. Estamos expectantes, como cuando esperamos la floración de los almendros. Y no nos defraudará.

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