Las peripecias de un joven africano por abrirse camino, enfrentando prejuicios, guerras, rechazo y finalmente encontrando un lugar que puede llamar hogar.
Ojos oscuros, penetrantes, que parecen saber más de lo que ese joven podrÃa haber vivido. Ojos que han crecido viendo tono sobre tono de verde en las montañas de su paÃs. Deseando vivir la tranquilidad de la vida rural con animales apacibles como las vacas, a quien ponÃa nombre y cuyas caras reconocÃa; viviendo junto con familiares y miembros de la tribu, arraigados en tradiciones ancestrales. En las noches más oscuras, escuchando la voz del abuelo contando historias de antaño o los mayores enseñando a los jóvenes cómo despellejar y asar una serpiente en el fuego que lanza sus chispas al aire. Pero incluso en ese ambiente apacible irrumpe la guerra, los disparos, las tensiones para intentar destruir ese medio de vida sencillo, pero de alguna manera idÃlico.
Ojos que con tristeza han visto la guerra civil dividir a familias, tribus, amigos. Ojos que lloraron en silencio la incomprensión de familiares que repudiaron sus decisiones por intentar conseguir una vida diferente, que al final le llevaron a abandonar su paÃs y vivir desterrado en otro lugar, buscando un futuro y una esperanza.
El viaje es largo. El paisaje son horas interminables de polvo, arena, desierto. Al cruzar la frontera, su corazón se encoge. Sabe que tiene que marcharse, pero a la vez siente que está perdiendo algo, dejando atrás algo precioso. Ama a su paÃs, y no sabe si podrá volver algún dÃa. Si alguna vez habrá paz, si alguna vez podrá vivir sin temor, si podrá ser quien realmente es.
En el nuevo paÃs, vivió años difÃciles, pero a la vez alentadores. Pronto encontró una comunidad de personas que le hicieron sentirse comprendido y amado nuevamente. Forjaron lazos estrechos que ayudaron a sanar el dolor de su corazón al haber dejado atrás a su familia. Ese paÃs vecino, donde era a la vez bien recibido, pero siempre tratado como extranjero. HabÃa cierta libertad, se podrÃa decir que más que en su propio paÃs, pero siempre notaba una tensión subyacente y habÃa que tener los ojos bien abiertos para ver quién estaba a su alrededor, quién vigilaba, quién le seguÃa, y también cuidar la lengua para no decir nada indebido.
Asà vivió durante varios años, sobreviviendo en una especie de subcultura que le permitÃa comer a diario, tener un alojamiento digno y gozar de buenas amistades. Se podrÃa decir que vivÃa bien, pero su corazón ansiaba algo más.
Ese corazón tierno que le impulsaba a ayudar y cuidar de aquellos en situación de vulnerabilidad, los recién llegados de su paÃs, que no sabÃan cómo manejarse en ese maremágnum de gente donde se encontraban ahora, en medio del desierto. OfrecÃa lo que tenÃa: su tiempo, el idioma, los conocimientos del lugar. Echaba una mano con los refugiados que a menudo llegaron sin nada.
RecibÃa equipos de extranjeros que venÃan a ayudar. Su inglés fluido pronto le otorgó un papel como intérprete y empezó a conocer a muchos jóvenes de otros paÃses, deseosos de echar una mano, pero también de tener una experiencia algo exótica, en comparación con los mundos de dónde procedÃan. Pero el trabajar con extranjeros a veces provocaba situaciones de malentendidos, como si la economÃa y bienestar de aquellas personas que vienen por un tiempo corto, de alguna manera se traspasaban a él y sus amigos simplemente por pasar tiempo con ellos. No entendÃan que su trabajo era totalmente desinteresado y que a menudo, para ellos mismos, era complicado conseguir los medios básicos para vivir.
Los años pasaban y sabÃa que debÃa buscar esposa. En su cultura, era normal estar casado a su edad, y él querÃa formar una familia. Pero ni en la comunidad ni entre los extranjeros encontró a nadie que encajaba con lo que deseaba.
Hasta que, un dÃa, le tocó trabajar de intérprete para una joven rubia de ojos claros. HabÃa algo diferente en ella. No podÃa explicarlo, pero en los descansos lo único que querÃa era estar a su lado. La buscaba a todas horas y finalmente se atrevió a poner en palabras lo que pasaba en su corazón y a atreverse a albergar alguna esperanza que, por fin, habÃa encontrado a la mujer con quien querÃa pasar el resto de su vida.
Les separaba un continente. Dos mundos diferentes. Dos razas diferentes. Dos culturas diferentes. Y una infinidad de diferencias más. Pero a la vez iban descubriendo cuántas cosas les unÃan. ParecÃa el amor imposible. ¿Cómo iba a funcionar aquello? HabÃa personas bien intencionadas que desaconsejaban la relación, no creÃan que podrÃa salir bien. Pero ellos tenÃan una esperanza que aquel encuentro entre intérprete y maestro no fuera por casualidad. TenÃan fe en que las cosas imposibles a veces ocurren.
Decidieron darse un año para conocerse, a la distancia, y luego verÃan. Por fortuna, la tecnologÃa jugaba a su favor y se propusieron estar en contacto todos los dÃas – aunque a veces habÃa apagones y fallos tecnológicos que cortaron esa comunicación tan necesaria.
Al cabo de un año se produjo el reencuentro y entre risas y lágrimas ambos coincidieron en que la relación iba en serio, encaminado hacia el matrimonio. Empezaron a hacer planes tentativos… pedir la bendición de los padres, que en la cultura de él era necesario y expresaba honra hacia los progenitores. No podÃa concebir seguir adelante sin esa bendición. Y todavÃa ni los conocÃa. Con su propia familia la cosa era más complicada. TodavÃa habÃa una distancia enorme entre él y su padre, si bien con su madre y hermanos tenÃa una buena relación. Al cabo de un tiempo, no obstante, ocurrió algo inconcebible: la restauración de la relación con su padre y su bendición sobre él y su futura esposa.
Los padres de ella, en medio de muchas preguntas y preocupaciones, reservaron billetes para ir a conocer a este hombre de tez oscura y ojos profundos que habÃa ganado el corazón de su hija. Pero se desató la pandemia global de la COVID-19 y puso fin a esos planes. Era imposible viajar. Todo el engranaje hacia adelante parecÃa detenerse.
Finalmente, un año más tarde, se realizó aquel viaje tan esperado. En el espacio de diez dÃas todos se acribillaban a preguntas, ansiosos por conocerse, por saber si esa relación iba a funcionar, de comprender como era la vida del otro. SentÃan que lo que normalmente pasarÃa a lo largo de varios años estaba ocurriendo en ese viaje corto. Finalmente, entre muchos nervios y hasta lágrimas, los padres dieron su bendición al matrimonio y salieron a celebrar aquel gran acontecimiento. Por increÃble que parecÃa, ambos, padre y madre, sentÃan una gran paz y alegrÃa al recibir el novio de su hija como un hijo en su familia. Surgió una confianza mutua y un amor hacia el futuro yerno que hace tan solo unas semanas parecÃa imposible.
De vuelta a España, los planes de boda y el cambio de paÃs seguÃan adelante con un ritmo vertiginoso: la pareja habÃa perdido un año con la pandemia y en el siguiente otoño querÃan ya formar una familia. HabÃan pasado tres años desde aquel encuentro entre maestro e intérprete, y todavÃa estaban separados. HabÃa llegado el momento de unirse para siempre.
La boda no podÃa haber sido más diferente que una boda española. SalÃan chispas de alegrÃa de los ojos de los novios. Se caracterizó por el gozo y la felicidad, con canciones y bailes tÃpicamente africanos. También por la informalidad y falta de convencionalismos. Asà empezó esa unión española-africana.
Los comienzos son difÃciles en cualquier matrimonio. Eso de acoplarse, de llegar a acuerdos mutuos de cómo va a ser la vida en común. Cuando además se conjugan diferentes culturas e idiomas y un paÃs extranjero para ambos, las cosas pueden complicarse; pero el férreo deseo de la pareja de salir adelante y la ayuda de su comunidad y sus amigos, les permitió establecer un fundamento muy firme en su relación.
Como sello de su amor, un año después llegó el regalo más precioso que podrÃan haber deseado: un hijo. Un niño fuerte, sano, lleno de alegrÃa y amor. Entre noches sin dormir y todo lo que significa criar a un hijo, su relación se iba haciendo más fuerte.
HabÃa planes tentativos de una visita de su madre, incluso quizás una visita a su paÃs. Su hermana se casaba… parecÃa el momento oportuno para que su mujer e hijo conocieran de dónde procedÃa. Pero de repente se desató nuevamente una guerra civil con fuertes disturbios en la capital donde vivÃa su familia. Un viaje era impensable. Ahora solo le preocupaba la seguridad de los suyos allÃ.
En medio de esa preocupación, llegó otra noticia: tenÃan que abandonar su piso de inmediato. El dueño y su familia lo necesitaba. ¿Dónde irÃan con su bebé? Era tan difÃcil encontrar un alojamiento adecuado y seguro en aquel paÃs. Pensando, hablando, rezando, se plantearon dejarlo todo e ir a vivir a España. En dos meses, todo se arregló: papeles, billetes, maletas y más maletas.
Asà fue como una tarde de julio, aquellos ojos africanos vieron por primera vez otros cielos azules, otro calor veraniego. No se cansaba de mirar por la ventana a los árboles, los pisos, los coches. SabÃa que no era el paÃs perfecto, ninguno lo es. Pero sà tenÃa la sensación en su corazón que podÃa vivir aquÃ, que era un buen lugar donde criar a su hijo. Notaba una falta de tensión y opresión que siempre le habÃa acompañado desde que dejó su paÃs hace tantos años. VeÃa también en su mujer una falta de estrés, que ella dormÃa mejor. Sobre todo, le inundaba una paz tremenda. Paseaba por los barrios, por la ciudad. Todo era nuevo y no querÃa ser ingenuo, pero sentÃa que el paÃs mismo le daba la bienvenida, y no solamente los familiares de su mujer que estaban encantados con su llegada. Todos querÃan conocerle y al niño y darles una calurosa bienvenida. Pero habÃa algo más. Desde que cruzó la frontera saliendo de su paÃs, cuando su corazón se encogió, ahora sentÃa que se abrÃa, que descansaba. SentÃa una nueva emoción, una expectativa de un futuro bueno, de una infinidad de posibilidades en esta nueva tierra. Y eso que a penas habÃa aterrizado. HabÃa tanto por descubrir.
Sosteniendo a su hijo con un brazo, pasó la otra mano por el hombro de su mujer. Sus ojos oscuros africanos miraban a los suyos claritos y sonreÃa. «Estamos en casa», susurró.

